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Cuando florecen las orilleras

Nuestras experiencias son nuestro mejor aprendizaje, pero la vasta vida de las plantas resulta inabarcable en el breve lapso de tiempo que nos queda. Pobres animales con conciencia individual, necesitamos, irremediablemente, el apoyo de la cultura (venga de donde venga, ya sea de nuestro profesor o de la vecina) para obtener algunos conocimientos inconclusos sobre el mundo vegetal. A pesar de ello, ninguna verdad permanece inalterable con el paso de los años. Nuestras intuiciones sobre el comportamiento de las plantas, dependientes de las contingencias climáticas y otros factores tan sutiles como imperceptibles, no se libran de esta perpetúa incertidumbre.

 

Hace ya más de una década, cuando estudiaba en la Escuela de Jardinería de Sevilla, comencé a observar, bien es cierto que sin mayor rigor científico que el de tomar algunas notas hoy perdidas, las notables diferencias en el momento de la floración de las plantas silvestres en función de su situación geográfica. Estas variaciones me parecieron más acusadas en las especies herbáceas de naturaleza ruderal, pero también se apreciaban fácilmente en algunos árboles y arbustos. En el caso de los durillos (Viburnum tinus), una planta silvestre presente en nuestros encinares y alcornocales aunque masivamente cultivado en toda clase de jardines agrestes, públicos y privados, el ejercicio de anotar estas desigualdades resultaba, dada la belleza de esta planta casi en cualquier momento del año, particularmente gustoso.

 

Casi todos los fines de semana cogíamos el coche y veníamos a Cortelazor. La carretera atravesaba (y atraviesa) el pueblo de Higuera de la Sierra (que era para nosotros la verdadera frontera entre Sevilla y la Sierra), donde unas cuantas orilleras (en estos pueblos los durillos reciben este nombre tan evocador) comenzaban a abrir sus botones florales por esta época (primera quincena de marzo), despidiendo el invierno y anticipando la primavera. En el Parque de María Luisa la floración ya había comenzado al menos con dos semanas de adelanto, mientras que, cuando salíamos a pasear por el campo, en los arbustos que encontrábamos en las umbrías y los recodos de los senderos, todavía no había abierto una sola flor. Aguardaban aún los botoncitos rosados, todos cerrados, a no sé muy bien qué conjunción de factores climáticos y ciclos de luz, para regalarnos su intenso color blanco y su dulce fragancia.

 

En aquel tiempo pensaba que esas fechas, debidas al descenso en las horas nocturnas, se habrían de mantener año tras año. Inocentemente, creí que las orilleras formaban parte de ese selecto grupo de plantas que han venido al mundo para anunciarnos con alegría la proximidad del esperado cambio de estación. Estaba equivocado. Desde luego, las plantas no tienen en cuenta nuestros sentimientos. Lo primero que descubrí, creo que unos meses más tarde, fue que las orilleras silvestres de Cortelazor, probablemente debido a un otoño algo más cálido y soleado de lo habitual, volvieron a florecer, aunque sin la profusión que habían mostrado en marzo, en el mes de octubre. Esta débil floración quizás no tuvo lugar en todos los ejemplares, pero era suficiente para contradecir una verdad que ya daba por sentada: aunque el número de horas solares es similar en ambos momentos del año (en torno a once), creía que era determinante el hecho de que la duración de las noches fuera en descenso o en aumento.

 

Comencé entonces a pensar que estos arbustos no reaccionan ante los cambios estacionales en la duración de la noche, sino que responden a estímulos ambientales alternativos, como un cierto aumento de las temperaturas después de un período frío. Claro que la teoría de la vernalización también se vino abajo años más tarde, cuando pudimos disfrutar (al menos en esta parte del mundo) de una abundante floración de más de seis meses de duración. Fue el año pasado (me refiero a la temporada que empezó tras el final del verano de 2016, ya que para nosotros el año comienza en septiembre) cuando empezaron a formar las primeras umbelas de flores blancas durante el mes de octubre y siguieron floreciendo sin interrupción durante varios meses en los que se registraron muy pocas heladas, hasta culminar con una primavera acaso más opulenta de lo habitual.

 

Este año las orilleras (en el María Moliner este nombre se le da a los habitantes de las afueras de una ciudad, aunque me gusta pensar que el nombre vernáculo local se debe a la costumbre de plantar estos arbustos en las proximidades de los viejos caminos) parece que han vuelto a florecer o que comenzarán a hacerlo cuando se espera de ellas. Quizás se deba a que el invierno ha sido por aquí algo más frío que en años anteriores:

J. J. Cabezalí

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