Invasión de la belleza

Con las últimas luces salimos a pasear por la carretera húmeda y estrecha que rodea Cortelazor. En la cuneta, aquí donde suelen hacer tratamientos con glifosato, vive todavía una maraña de plantas floridas, resistentes a las condiciones estresantes de un terreno degradado que nosotros los humanos nos empeñamos sin éxito en mantener libre de malezas. Hace tiempo que escaparon de nuestros jardines descuidados. Parece ser que algunas han desarrollado cierta tolerancia a los venenos que les suministramos de manera accidental o intencionada. La exuberancia ha desplazado a las especies ruderales más humildes. Igual que en los pies de los olivos abandonados o entre las piedras caídas de los muros, se impone aquí la belleza convulsa de la hierba carmín (Phytolacca americana). Con sus tallos cargados de frutos ya postrados por el frío y la lluvia, yace sobre la tierra pisoteada el dondiego de noche (Mirabilis jalapa), pero sus fuertes y gruesas raíces tuberosas le permitirán resistir el invierno y renacer en la primavera para seguir esparciendo nuevas semillas. Abajo, en la humedad del arroyo, medra otra planta con querencia por los terrenos nitrificados, el amor de hombre (Tradescanthia fluminensis), capaz de medir sus fuerzas con la ortiga, la cicuta y la impenetrable zarza. En un amplio talud, pelean apretadamente los vástagos de la mimosa (Acacia dealbata) y el árbol del amor (Cercis siliquastrum).

La invasión de hábitats por especies de plantas y animales alóctonas es un fenómeno global cuyas consecuencias se resisten a la generalización. Parece ser, por otra parte, que la vida de las plantas nos trae sin cuidado o no nos afecta del mismo modo que cuando nos referimos a especies animales invasoras: como animales bípedos, no padecemos las inclemencias de permanecer en el mismo sitio, contemplando cómo una selva desconocida nos ahoga o nos obliga a buscar un resquicio de luz, pero temblamos cuando escuchamos hablar del mosquito tigre o la avispa asiática, aunque invariablemente sea nuestra afanosa ignorancia el origen del problema. 

 

Las estrategias de vida de las plantas ruderales fueron descritas por el ecólogo John Philip Grime en 1974 dentro de su clasificación CSR: en ella teorizaba que las especies vegetales responden a diferentes factores ambientales de manera que pueden ser clasificadas en tres tipos: competidoras (C), resistentes al estrés (Sstress-resistant) o ruderales (R). Aunque parece complicado que una sola teoría sea capaz de englobar y explicar todas las diferencias del fenómeno de las plantas invasoras en la diversidad de entornos que existen en una misma región, podemos aceptar de manera general que una especie alóctona invasora, para llamarse como tal, debe tener acceso a los recursos disponibles (luz, nutrientes, agua), por lo que determinada planta disfrutará de mayor éxito invadiendo una comunidad si no encuentra una competencia intensa por estos recursos por parte de las especies residentes. De esta forma, la rivalidad es menos acusada en entornos recientemente perturbados en los que se ha arrasado con la vegetación autóctona.

El empeño de las administraciones en desbrozar y tratar con herbicidas las cunetas de la carretera probablemente le está facilitando el camino a otras plantas menos especializadas. Cabe preguntarse si, ahora que el mal ya está hecho, no es preferible dejar ciertos espacios como si de un jardín salvaje se tratara. Una especie decididamente S como la hierba carmín que muchos hemos aborrecido, venenosa en todas sus partes, creciendo en lugares en los que difícilmente lo harían otras plantas, tiene la capacidad de absorber numerosos tóxicos ambientales, apartándolos, por así decirlo, de nuestro camino.

 

Podemos ahora pasear sin miedo a través del jardín salvaje. Contemplamos las flores distraídamente. Atendemos sólo a su belleza, al capricho particular de recoger una semilla o cortar un esqueje. Claro que nunca sabremos si debemos conducirnos tan alegremente: como el torpe Seymour en la pequeña tienda de los horrores (The Little Shop of Horrors, Roger Corman, 1960), movidos por el afán inocente de probar nuestras habilidades en la biotecnología casera, a partir de una semilla que nos regaló un señor japonés, puede que hayamos traído a nuestras pequeñas vidas una nueva planta monstruosa a la que nosotros mismos terminaremos sirviendo de alimento. 

J. J. Cabezalí

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Comentarios: 2
  • #1

    franca (jueves, 15 noviembre 2018 12:48)

    ME ENCANTA ESTE BLOG

  • #2

    franca (jueves, 15 noviembre 2018 12:51)

    Cómo hago para hacerme seguidora -para recibir aviso de cada nueva entrada. Un abrazo