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Barbecho

"¿No me alegraré también por la abundancia de las malas hierbas cuyas semillas son el granero de los pájaros?"

 

H.D. Thoreau: "El Campo de Judías", Walden

El otoño nos regala, en cualquier pedazo de tierra libre en el que pueda crecer la hierba, un hermoso barbecho de tiernos brotes verdes. Durante la mayor parte del presente invierno la pradera se mantendrá contenida por el frío, alargándose apenas unos centímetros, hasta que el aumento de las horas de luz proporcione a las plantas la oportunidad de completar su crecimiento y disponerse para la floración. Allí donde el horizonte más fértil y superficial haya sido alterado, ya sea por el arado, la azada o el paso de las personas y otros animales que las acompañan, prevalece ahora el verde, un verde fresco y ondulado, en diferentes tonos y texturas, a veces flexible, otras veces crujiente, prosperando sobre los viejos muros de piedra y los escombros más o menos enterrados, salpicado solamente, en algunos terrenos bien soleados, por las humildes flores amarillas de la mostaza de campo y la caléndula, que aprovechan ahora la escasa competencia de otras hierbas de mayor desarrollo. ¿Quién es capaz de romper esta serena armonía de colores, para perpetuar su poder incluso allí donde no le aguarda beneficio alguno?

Ya que hablamos de beneficios, seamos generosos. Porque habrá de ser nuestra generosidad con la tierra la que finalmente nos enriquezca. Un hombre es rico por la cantidad de cosas que puede permitirse dejar en paz (y esto no lo digo yo, lo dice Thoreau) y lo justo es empezar por el propio terruño, no importunando a la hierba sencilla que crece bajo el olivo sin otro motivo aparente que la insana costumbre de limpiar y dejar constancia de nuestro paso por las veredas.

Los perjuicios causados por esta clase de actuaciones, sin adentrarnos demasiado en la incoherencia y la necedad que las motiva, van más allá de la ruptura de la belleza, pero no me parece pertinente insistir en los argumentos empleados por detractores y defensores de los herbicidas. Me basta comprobar que aquellos que respaldan técnicamente su empleo, ya sea en la agricultura extensiva o en el mantenimiento de carreteras y áreas públicas, están encabezados por las mismas empresas que obtienen un beneficio económico de su comercialización. Además, mucho se ha escrito ya acerca del glifosato: aunque hoy en día se emplean pesticidas y herbicidas probablemente más peligrosos, no encontraremos en la red la misma cantidad de información y opiniones sobre estos productos.

 

Quienes han hecho del glifosato su principal herramienta en la eliminación de malezas promulgan ante todo su uso fácil, rápido y, especialmente, "limpio y eficiente". Valerse de otros aperos más ordinarios (sea la hoz o la desbrozadora) para segar las "malas hierbas" (denominación maniquea que dota a las plantas silvestres de un carácter pernicioso) supone ensuciarse las manos en la tarea. Esta actitud se encuentra amparada por la misma conciencia colectiva que ha denigrado el trabajo físico y el noble uso de la azada. Una vez más, la productividad prevalece sobre las cuestiones morales. Tan simple como verter el veneno y desaparecer del escenario por un tiempo, unos pocos días, hasta que comience a amarillear la hierba, del mismo modo que el bando que ha optado por las armas químicas para asegurarse, en lugar de arriesgar su vida en el antiguo y peligroso combate cuerpo a cuerpo, una victoria cobarde pero efectiva.

 

Aunque cada vez son más los municipios españoles que han vetado o restringido los herbicidas, desgraciadamente no nos sorprende que en entornos rurales de gran riqueza natural y paisajística como el nuestro no exista ninguna iniciativa para, al menos, regular su uso. El conocimiento perdido de las plantas silvestres tiene algo que ver en este asunto. Bajo la cómoda mirada de quienes ostentan el poder, se trata sólo de hierba anónima, sin mayor significado. Sin embargo, no hace mucho que estos espacios de naturaleza ruderal, ahora convertidos en pequeños vertederos en los que la vegetación solamente tiene la función de disimular la basura, eran una despensa cercana de plantas culinarias y medicinales.

J. J. Cabezalí

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